Beatriz Corral , Vitoria.


Aviso para navegantes. Leer es un placer, pero también es trabajoso, ya que requiere de esfuerzo y de concentración. Y lo dice todo un experto: es escritor Ricardo Gómez, autor de una veintena de libros para niños, jóvenes y mayores y ganador de varios premios literarios, entre ellos el galardón de cuentos Ignacio Aldecoa. Ayer visitó Vitoria, donde participó en un taller y una mesa redonda organizados por el servicio municipal de Juventud y cuyo título, “Libros con trampa. Jóvenes y lectura” deja muy claras sus intenciones. Aunque Gómez asegura no tener la solución para fomentar la lectura entre los adolescentes, recalca la importancia de darles protagonismo y les invita a escribir sobre cualquier cosa, “aunque sea con faltas de ortografía”.

–Escribir, ¿es un placer?

–Tiene que serlo; si no, sería muy difícil dedicarse a ello. Es un placer pero comparable a la ascensión de una montaña. No es tanto contemplar el paisaje al final del viaje como el hacerlo a medida que se sube, aunque a veces haya cierto arrepentimiento por haber emprendido la marcha. Lo mismo pasa con los libros. A veces uno piensa que se arrepiente de haber comenzado una historia muy compleja, pero luego sigue con ella. Escribir tiene que ver con el placer del esfuerzo y del trabajo. Es una dificultad placentera.

–¿Y leer?

–También es un placer, en el mismo sentido. Muchas veces, hablando de la lectura, y en especial de la lectura de los jóvenes, se vende la idea de que leer es divertido. Es una mala síntesis, porque es cierto que puede ser divertido, pero no es lo único. Leer es un acto trabajoso, requiere concentración, soledad, tenacidad y una cierta tolerancia a la frustración, porque a veces puede que te defraude la obra. No es el mayor placer del mundo, pero es uno de ellos.

–Estas jornadas se centran en el fomento de la lectura entre jóvenes, pero muchos cogen aversión a la lectura en la propia escuela.

–Es cierto. Emili Teixidor habla de la sensación que tienen los estudiantes cuando reciben en clase un libro que no les gusta y se refiere al beso de la muerte, a esa sensación que paraliza. Creo que hay que cambiar la perspectiva de cómo se llevan los libros a las aulas, porque a veces se hace de una forma muy cerrada: el profesor elige un libro, obliga a su lectura y parece que se espera que ese libro tiene que gustar a todos los alumnos, cuando no hay un solo libro que guste a todo el mundo. Un libro es algo más maleable, y no tan dogmático como suele entrar en el ámbito escolar. Es como un producto de juego, que debe servir para analizarlo, destriparlo y, sobre todo, para aprender a leer literariamente, no mecánicamente.

–Con tanto videojuego, ¿los adolescentes leen tan poco como se dice?

–Creo que hay jóvenes que leen mucho, otros que no leen nada y otros que lo hacen ocasionalmente, como reflejo de lo que ocurre en el mundo adulto. Más que una pregunta que tenga que ver con la cantidad, habría que referirla a la calidad. Habría que saber qué leen y cuál es su acercamiento a la literatura, porque a veces la lectura se realiza a través de letras de canciones, de películas de libros de manga… y eso también puede ser literatura.

–Con tal de que sea lea, ¿da igual que sea bueno o malo?

–Yo creo que ocurre lo mismo que con el vino: es mejor beber vinos buenos que regulares o malos. El gusto lector es algo que se educa. Cuando uno acostumbra a leer, poco a poco va discriminando entre el libro mediocre y el de calidad. El problema es que determinados intereses económicos propician más la generalización de la obra mediocre que la de calidad, algo que ocurre tanto en el ámbito infantil-juvenil como en el adulto.

–Usted ha escrito relatos para adultos, jóvenes y niños. ¿Cuál es el público más complicado?

–Me siento cómodo escribiendo para niños y para adultos, pero hacerlo para chicas y chicos requiere un esfuerzo de concentración distinto. Un amigo, Carlo Frabetti, dice que cuando quiere descansar escribe una novela de adultos. La escritura para jóvenes no permite determinada divagación ni ciertas libertades, mientras que en el caso de los adultos sí; uno puede trasladar en ellos su filosofía personal.

–¿Cuál podría ser el cebo para atraer a los jóvenes a los libros?

–No se puede generalizar, pero creo que uno de los objetivos es darles protagonismo en el acto literario. Yo suele invitarles a que escriban. La escritura no debería estar tan desligada de la lectura. Y que escriban, aunque sea con faltas de ortografía, sobre cualquier cosa: una idea, un pensamiento, un sentimiento… Cuando realizo encuentros con jóvenes y hay tiempo para entrar en confidencias se descubre que hay más chicos y chicas que escriben diarios de lo que parece, y más desde luego, de los que había cuando yo era joven. Eso reconforta y me parece un buen camino de acercamiento a la literatura.

–En sus libros habla de campos de refugiados, de la guerra de Irak, de la violencia en el colegio… ¿Una llamada de atención sobre los problemas de la sociedad?

–Cuando escribo lo hago sobre lo que me apetece y lo que llama mi atención, que en ocasiones es lo que me duele. Es verdad que me gustan ciertos temas porque, entre otras cosas, creo que la vida se mide en las situaciones límite. Por otro lado, vivimos en unas sociedades, las occidentales, demasiado blanditas, donde parece que es mejor no hablar de determinados temas, que no nos afectan, que no sentimos como nuestros. No es que yo tenga una intención didáctica al tratar sobre ellos, pero no los eludo. Me atraen y me gusta que no queden en el olvido.