Capítulo 1:

EL PRISIONERO


Esta historia transcurre en el siglo XVIII a. de C.

El escenario es una región que con el tiempo conoceremos como Irak.

En aquella época, Hammurabi, rey de Babilonia, intenta construir un Imperio…


Apenas podía recordar nada. Se sentía aturdido por las imágenes de sangre, fuego y violencia, como si su memoria le protegiera de la barbarie de las últimas horas. Dejando aparte eso, estaba ileso. O casi. Tenía las rodillas laceradas y un golpe de espada en el omóplato, aunque había sido dado con el pomo y no con la hoja. Por supuesto, le dolían las muñecas encordadas, pero no podía quejarse demasiado. No tenía derecho.

Aunque tal vez sí. Tal vez lo mejor hubiera sido morir en combate. Un prisionero nunca podía apostar por su destino. En la perspectiva más favorable, estaba condenado a la esclavitud. Dependía de la suerte mantener la integridad física o que le amputaran alguna parte del cuerpo. En la peor de las circunstancias… Mejor no pensarlo.De algún sitio cercano llegaban lamentos. Sin duda, el resto de cautivos estaba en peor situación que él. Contaba con la ventaja de que era joven. Sus heridas eran superficiales. Además, aún conservaba en el pecho el collar de la casa de Mari. Sus captores sabían lo que significaba y, por eso, el golpe de la espada había sido indulgente.

Llevaba muchas horas sin dormir. Desde que el enemigo se apostó a las afueras de la ciudad, nadie en Mari había podido hacerlo, ni siquiera los niños de pecho. Pensándolo bien, era mejor que el asedio hubiese durado tan poco.El cielo comenzaba a clarear. No se podía decir que la noche hubiera sido silenciosa, pero era ahora cuando comenzaban a extenderse los alborotos propios de un campamento militar. Los ayes de los heridos eran atenuados por las voces broncas de los primeros soldados que despertaban. Poco a poco llegaban ruidos de armas, de calderos…

A medida que se extendían estos sonidos callaban los lamentos de los cautivos. También él sabía que lo más sabio era no quejarse demasiado. Todo combatiente que no tuviera la mínima posibilidad de sobrevivir por sí mismo sería pasado por la espada sin contemplaciones. No cabía hacer otra cosa que esperar. Esperar y rezar a los dioses.

Curiosamente, en ese momento le llegó el sueño y se dejó llevar por él. Despertó poco más tarde. Un par de soldados manipulaba el cierre de su jaula. Uno le agarró y le empujó fuera. El oficial que había cerca le preguntó:

– ¿Eres Namri?

– Soy el príncipe heredero. Ese es mi nombre.

Un soldado inició una risa burlona, que fue truncada por la mirada severa del oficial. Éste hizo un gesto y el otro guardia se lo llevó del brazo. El suelo estaba cubierto de pequeñas piedras afiladas, sobre las que resultaba doloroso caminar descalzo.Atravesó entre grupos de guerreros que le observaron con atención. Namri sabía que su collar era casi un talismán. Mientras lo tuviera al cuello, estaba protegido. Si no, era un prisionero más.

El guardián lo dejó a la entrada de una tienda mientras entraba a consultar con alguien. Al poco, salió y lo condujo al interior. Namri conocía al hombre que esperaba de pie. Lo había visto en una recepción que su padre había ofrecido a la comitiva enviada por Hammurabi seis meses atrás. Por lo que pudo comprobar, él también le reconoció. El escribano sentado ante una pequeña mesa se preguntaría quién sería ese preso que merecía una entrevista con el general. Pronto lo sabría.

A Namri se le agolpó la sangre en las sienes. No quiso evitar la palabra que salió de su boca:

– ¡Traidor!

El general hizo un leve gesto al guardia que seguía a su espalda. Namri encogió los hombros esperando un golpe que no se produjo.

–Tu padre recibió las suficientes advertencias.

–Se firmaron acuerdos de paz hace menos de seis meses.

–Muchacho… Si estás vivo todavía es por la indulgencia de nuestro Rey, pero esta tiene un límite. Ahora eres un cautivo y has dejado de ser príncipe. Más te vale aceptar pronto la nueva situación.

–¿Y mis padres? ¿Y la familia real?

No obtuvo respuesta. Namri supuso que todos habían muerto. Solo quedaba él, como símbolo de la caída de la casa de Mari. Le estremeció pensar en su padre Zimrilin, en su madre Shibtum, en su hermanastro Iatar-Ami… Todos, todos muertos. ¿Cuál sería ahora su destino?

Le invadió la ira cuando el general dictó con voz fría al escribiente:

–Namri, hijo de Zimrilin. Conducido a la ciudadela de los esclavos aneja al Palacio por orden real. Añade la fecha y entrega copia al soldado.

Por fin conocía su destino. Le permitían seguir con vida, ¡pero a qué precio…!

El soldado se acercó por detrás y le quitó el collar del cuello. Fue tan rápido que Namri no pudo resistirse. Mientras lo recibía, el general ordenó:

–Y ahora, arrodíllate y vete.

Namri considera que su familia debe ser vengada. Se yergue ante el general. Se niega a arrodillarse. (Ve al capítulo 2*) > Namri considera que su destino ya está escrito. Se arrodilla en el suelo. (Ve al capítulo *3)


> Volver al libro…