Estoy en una semana singular: las entrevistas hechas por diferentes medios, un programa para la radio, una entrevista en TV... Y, próximamente, la entrega de un premio. Me digo que todo esto debo colocarlo en mis redes, pero siempre tengo pereza y, sobre todo, la sensación de que cuando utilizo FB o instagram estoy llenando los bolsillos de multimillonarios desaprensivos...
Y el caso es que cuando salió Instagram fui de los primeros en abrir una cuenta. Me parecía magnífica una herramienta que pudiera compartir imágenes e impresiones breves. Al comienzo fue así. La gente colgaba sus fotos, en muchos casos maravillosas.
Pero tengo la impresión de que esa etapa duró poco. En breve tiempo, el sitio se convirtió en un escaparate exhibicionista del ego. Lo dejé.
Volví a abrir una nueva cuenta de Instagram y de Facebook en la pandemia, por esa necesidad acuciante de estar en contacto virtual cuando el presencial era imposible. Lo hice con fe, con el ánimo de estar con amigos y entre amigos.
Pero de nuevo, la desilusión: hay que bucear entre cientos de entradas para encontrar algo interesante. El famoso algoritmo bloquea o relega las cuentas más interesantes y serenas de amigos, que hay que buscar entre la hojarasca.
Todo esto, dejando aparte que las redes se han convertido en un espacio abonado para la desinformación, las opiniones atrabiliarias... por no hablar del machismo, el sexismo, la homofobia, el racismo y la xenofobia, unos terrenos en los que personajes como Musk, Bezos o Zuckerberg parecen encontrarse a gusto, forrándose.
Así que todos los días me hago la pregunta: ¿Merece la pena seguir en las RRSS? ¿No debería conformarme con los medios de comunicación más directos y personales? Un día de estos decidiré...