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Esto NO es una biografía

No-Biografía incorporada en el libro "8 maneras de contar", de la Editorial SM.

Ricardo Gómez

Creo que las biografías están bien, si acaso, para cuando uno está muerto, lo que no es el caso de momento y a pesar del arranque de lo que vendrá en la página siguiente.(1) Si alguien quiere leer algunas biografías literarias, ahí están como modelos la de Melville, la de Mark Twain, la de Stevenson, la de Borges, la de Cortázar, la de McCarty, la de Defoe… No en todas me reconozco, pero sí en muchas de sus obras, que hace mucho o poco me hicieron vibrar.

Como dediqué parte de mi tiempo a impartir clases de matemáticas, diré que el año de publicación de este libro (2008) mi edad coincide con los dos últimos dígitos del año en que nací, del siglo pasado, evidentemente.(2)

Y, del resto, poco se puede contar. Leí desde muy niño. Mis padres me dicen que comencé a leer muy pronto, con menos de cuatro años y por culpa de un abuelo que me contaba historias peripatéticas y veraniegas por los campos de Castilla.

Comencé a escribir pasados los cuarenta, después de haber leído bastante, y casi diría que durante todo este tiempo de silencio me preparé para hacerlo, aunque ni siquiera pensaba en ello de joven. Ahora, la escritura me apasiona. No puedo vivir sin escribir o sin pensar en escribir, así que en cuanto tengo ocasión aprovecho para recomendar a jóvenes y a mayores que lo intenten. Descubrir la mirada del Otro, de los muchos Otros que nos componen, resulta algo apasionante.

Escribo sobre algunas cosas que me gustan y sobre otras muchas que me hieren. Me siento orgulloso de algunos de mis libros y cuentos, que me han proporcionado una docena de premios literarios y, sobre todo, muchas satisfacciones, como la de conocer a los colegas que componen este libro.(3)

Disfruto también del cine, la fotografía, la música, los paseos y, sobre todo, de mis dos hijos, de mis nietos y de otras muchas personas que me quieren.

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"Apocalipsis 2008" o "Confesiones postreras sobre mi escritura", por Ricardo Gómez

(Fragmento)

Todo era blanco, hermosa e hirientemente blanco. Ante mí había un hombre de larga barba cana. Me adelanté cuando él hizo un gesto de que me acercara a su escritorio.

JUAN (el Evangelista): Ya veo… un intruso… De las matemáticas a la literatura. ¿Por qué decidiste dedicarte a escribir?

Parecía el comienzo de alguna entrevista, pero yo sabía que no, que era un juicio. Intenté no balbucear y aparentar serenidad.

RG: La literatura nunca me resultó ajena. He leído desde muy niño y, aunque nunca soñé en dedicarme a escribir, admiraba a quienes lo hacían. Durante una temporada, hace muchos años, compartí piso con Javier García Sánchez. Envidiaba que él se quedara en casa, trabajando, mientras yo tenía que ir a dar mis clases…

J: Ya… ¿No te gustaba tu trabajo?

RG: ¡Me apasionaba! Siempre me han gustado las matemáticas y su didáctica. Y leer sobre matemáticas. En aquellos tiempos yo buscaba fragmentos de Gardner, Asimov, Kassner, Newman… Los copiaba o los adaptaba y se los daba a mis alumnos, en la época de los clichés de cera; luego, en fotocopias. Les facilitaba lecturas junto con juegos matemáticos; tengo una enorme colección de ellos, con los que podría escribir un libro.

J: ¿Y por qué no lo hiciste? ¿Por qué no te dedicaste a lo tuyo, en lugar de invadir terrenos ajenos? ¿Pero por qué escribir literatura?

RG: Me apetecía…

J: Eso no dice mucho en tu favor. La apetencia tiene que ver con el gusto, la gula o la codicia incluso. ¿Te das cuenta de la cantidad de libros ya escritos? Después de tres mil años de literatura, ¿crees poder decir algo nuevo? ¿Y piensas acaso que lo has conseguido?

RG: No lo sé. Nunca he pensado en ser un innovador. Simplemente quería contar alguna historia que me rondaba, así que lo pensé y lo hice. Supongo que quería contar lo que a mí me hubiese gustado leer.

J: Poco original. Eso lo dijo Walter Benjamin.

RG: Sí, lo sé. Quizá sea algo más. A veces, tras las noticias o lo que uno vive, se imaginan personajes anónimos, que poco a poco van tomando vida. Pensar y escribir sobre ellos es como darles carta de existencia. Los protagonistas de mis historias existen antes de que me siente a escribir sobre ellos.

J: Pero los primeros años enviaste tus cuentos y novelas a premios. ¿Me vas a decir que no soñabas con ganarlos?

RG: Es verdad, lo hice y no me arrepiento. Y deseaba ganarlos, pero no como fin, sino como medio. Yo tenía más de cuarenta años. Había leído lo suficiente como para saber cómo funcionaban estas cosas con las editoriales. A mi edad, y con un montón de ocupaciones, no me apetecía nada enviar una novela a un editor y esperar seis meses a que me dieran un no, que es lo que un escritor novato puede esperar, para luego sentarme a recibir una nueva negativa en otra editorial. Y en cuanto a los relatos, ya se sabe que nadie publica un cuento único; ni siquiera media docena de cuentos juntos. Me parecía que lo mejor que podía hacer era enviarlo a algunos concursos. Y, en algunos, gané.

J: ¿Primeros años? Has conseguido algunos recientemente. No tenías necesidad a esas alturas.

RG: Es verdad. Pero hay otras cosas detrás de los premios. También es una forma de medir mis personajes con los de otros y de tratar de buscar lo mejor para el libro. Cuando uno escribe un libro es como cuando cría un hijo. Lo mima, lo atiende, lo educa como sabe y, cuando está listo y lo cree maduro, lo envía a conocer mundo. Unas veces lo hace al descubierto y otras cree que lo mejor para él es que vaya bajo un paraguas o con unos patines.

J: En algunos encuentros hablas de que escribes a tramos. Eres incapaz de comenzar una novela y de acabarla en un plazo breve. No parece una forma sistemática de escribir…

RG: Es cierto. Inicio una novela, trabajo sobre ella quince días o un mes, avanzo hasta las páginas 20 u 80 y la dejo en el cajón. Luego, sigo con otra y vuelvo a la primera pasado un tiempo. Leo, ajusto, cambio, doy un nuevo empujón y suelo volver a dejarla reposar. Pero escribo continuamente siempre que estoy en casa, porque en los hoteles no puedo hacerlo aunque a veces cargue con el portátil. Si acaso, fuera de casa, puedo corregir o tomar notas. Eso significa que en un período largo, por ejemplo un año, he trabajado en tres historias distintas. Luego, cada una acaba a su aire, sin prisas.

J: Me parece mentira que así se pueda escribir…

Percibí un tono de reproche y traté de justificarme.

RG: Me gusta hacerlo así. Disfruto alargando mi convivencia con mis personajes. A veces, cuando paseo o viajo, pienso en ellos; los imagino físicamente, interactuando con su ambiente o con otros protagonistas de la historia. Crecen, se mueven, hablan… Y, luego, cuando me siento a escribir, no hago más que contar lo que les ha pasado, lo que han sentido. En esas pausas entre tramos de escritura, que pueden durar meses, los protagonistas se asientan y adquieren personalidad. No me gustan las prisas y temo sobre todo los finales. Es lo que más miedo me da del libro.

J: En otras entrevistas has hablado de que no haces guiones de tus libros. Que escribes a medida que vas pensando la historia y sin conocer el final. ¿No te parece poco profesional, teniendo en cuenta lo que hacen otros colegas?

RG: Escribo como sé y no sé hacer otra cosa. Al pensar en el inicio de una novela, y mucho antes de sentarme a escribir, pienso en el ambiente, los personajes, el estilo, el arranque… Ahí decido si la historia se va a contar en primera persona, o en tercera, o si va a ser un diario o una crónica, o una narración en forma de cuento… Nunca he tenido necesidad de tomar notas del desarrollo porque, es verdad, la historia se desenvuelve a medida que la escribo; a medida que, como decía antes, convivo con mis personajes, con quienes además suelo encariñarme. Pero no es del todo cierto que no conozca el final, o no del todo. Cuando comienzo una novela sé más o menos por donde va a ir, pero también es cierto que a veces me he sorprendido yo mismo con un final que no había anticipado, y por supuesto con personajes en los que no había pensado al principio. En líneas generales, cuando escribo comparto con el lector la incertidumbre por conocer el final de la historia.

J: Háblame de tus manías…

Aquello era demasiado. Me sentí agotado y no entendía el propósito de esas preguntas. Era lo más parecido a una entrevista de trabajo. ¡Pero ni que soñaran en contratarme en aquel sitio aburrido para hacer de fiscal de otros escritores!

RG: No sé cuáles son mis manías. Una es que no puedo escribir si hay alguien a mi alrededor; con alguien presente puedo redactar una conferencia, responder una entrevista, correos… ¡Pero no una novela! Es una bobada, pero es como si sintiera desnudos a mis personajes. Necesito estar con ellos a solas. Otra, que suelo levantarme mucho de la silla cuando pienso: paseo por la casa, hablo en voz alta… Otra, que me gusta escribir en el conticinio, ese momento de la noche en el que no se oye nada, aunque también puedo hacerlo durante el día. Otra, que nunca doy nada a leer hasta que está terminado; a veces, ni siquiera hablo de argumentos o desarrollos con nadie. Otra, que no suelo imprimir mis novelas o cuentos más que cuando están ya acabados del todo, después de una primera revisión en pantalla; pero la corrección final la hago sobre papel. No sé…

Debió parecerle poca cosa aquello, así que cambió de tema.

J: ¿Qué hiciste la última vez que te rechazaron una novela?

RG: La llevé a otra editorial.

J: ¿Y te la publicaron?

RG: No sé a qué viene esto. Ustedes lo saben todo, ¿no?

J: Soy yo el que hace las preguntas y tú el que responde.

RG: Bueno… si un editor rechaza una novela, no pienso que todo esté perdido. Un editor y una editorial tienen sus criterios, que no tienen que coincidir con los míos. Sí, suelo llevarla a otra editorial pasado un tiempo. Normalmente, la reviso antes y trato de hacer caso de los criterios de la editora ¡casi todas son mujeres! si es que me los da y los considero razonables.

J: Pero hay cosas que no has publicado, después de intentarlo en varios sitios. ¿Cómo puedes saber que saldrá publicado?

RG: No lo sé. Peleo por ello, insisto. Creo que la literatura, como casi todo lo interesante en la vida, es un trabajo de largos plazos. No creo en el éxito inmediato y además pienso que es el tiempo el que pone las cosas en su lugar. En mis encuentros suelo hablar de Melville, de Van Gogh y de Poe, que pueden ser los casos más conocidos, pero también se podría hablar de McCarthy, de Lampedusa...

J: Ya… la posteridad…

Me dieron ganas de decirle que la posteridad me importaba un pepino, y que no creo en otra vida más que la terrenal, pero el lugar en que estaba me confundía. Se me quedó mirando casi un minuto, sin decir nada. Volvió a inclinarse sobre la mesa, leyó algo del interior de la carpeta y sus siguientes palabras me parecieron un latigazo.

J: Aprovechamiento del dolor ajeno, alistamiento en las filas de la llamada literatura comprometida, utilización abusiva de la emotividad…

Sabía que se refería a algunas críticas hechas a mis personajes y a mis elecciones de argumentos, a las que he hecho poco caso. No me adscribo dentro de ningún género y todos me parecen válidos a la hora de contar una historia. No entendía adónde quería llegar, y así se lo dije:

RG: ¿Cuál es la pregunta?

J: Háblame de tus personajes. ¿De dónde salen tus historias?

RG: ¿Un ejemplo…? Hace unos meses leí un poema chino, del siglo XIV. Cuenta la despedida de una mujer que ve cómo su marido, casi anciano como ella, es reclutado por las tropas del emperador para servir en el ejército. La mujer habla de que ese hombre ha dedicado la vida a su familia, que ha pagado sus impuestos, ha cuidado su pozo y su casa, que ha sido compasivo con sus vecinos… y de que ya no le volverá a ver. Llevo meses leyendo historias sobre China y poemas chinos, porque preparo una novela partiendo de ese núcleo. A mí me sobrecogen los personajes que son barridos por el poder, que son menos que polvo para los desaprensivos que han gobernado y gobiernan el mundo.

J: ¿Y será un libro para niños, con ese argumento?

RG: No lo sé. Será para adultos y jóvenes. Siempre he dicho que hay muchos libros de niños y jóvenes que pueden leer adultos. Y es más: si a los adultos no les gusta un libro, desconfío mucho de que le guste a los niños, aunque cuando se habla de niños o de jóvenes simplificamos mucho. No existen "los niños", sino millones de pequeños individuos con gustos y experiencias muy distintos, aunque con elementos comunes. Suelo leer bastante literatura infantil y juvenil, también, y hay obras formidables. Hay más adultos ignorantes, que desprecian este tipo de literatura porque no la conocen, que libros maravillosos.

Volvió a tomar notas, no sé de qué tipo, y me agité en la silla. Aquello me cansaba. Si me tenían que condenar o salvar, ¡que lo hicieran ya! Además, estaba harto de ese cuestionario estúpido. Solo faltaba el típico problema del Voight-Kampf: "Vas por la calle, encuentras una tortuga herida…"

J: ¿Y qué harás cuando no tengas historias que contar? ¿Cuándo tu imaginación se haya secado? ¿Cuándo veas que ya no merece la pena seguir escribiendo? ¿Cuándo ya no puedas escribir?

Hablar del futuro me parecía deprimente en esa tesitura. Suponía que ni en el cielo ni en el infierno te dejan un portátil para escribir, ni siquiera una miserable libreta. Y aunque no sea difícil encontrar en un sitio o en otro editores, maquetadores, ilustradores y gente de la industria editorial, nunca había oído que justos ni pecadores se dedicaran a leer. Ya se sabía: o coros celestiales, o fuego eterno. ¡Pero nada de libros!

Pensé que ese Juan me estaba preparando para lo peor.

RG: Cuando no tenga deseos de escribir, ni historias que contar, supongo que me dedicaré a leer, si me dejan, y saldré por ahí con la cámara de fotos a pasear, si puedo, a quedar con amigos. Si aún no estoy jubilado, buscaré algo para ganarme la vida, y si puedo vivir de lo que venga, pues eso… Pero lo que me gustaría es acabar mis días escribiendo. No sé yo si los escritores se jubilan.

J: Un futuro de riesgo…

No sabía a qué se refería pero ya estaba harto.

RG: Escribir es un riesgo. En mis encuentros con lectores adolescentes se lo digo a quienes desean dedicarse a ello. Les invito a que escriban, pero también a que traten de ganarse la vida de otra manera, por pura libertad, por poder escribir lo que uno quiera y no vivir de encargos. Cuando uno empieza una novela, no sabe si la va a acabar. Cuando la termina, no sabe si la va a publicar. Cuando la publica no sabe si va a gustar. Aunque guste, no sabe si va a vender. Y, pasado el tiempo, no sabe si aunque se venda va a seguir estando orgulloso de ella.

Se produjo un largo silencio. Juan el apocalíptico tomó algunas notas y se me quedó mirando. Cruzó los dedos y puso los codos sobre la mesa. Pensé que de un momento a otro oiría su veredicto: "Salvado" o "Condenado", aunque seguía sin saber qué era peor. Sus ojos glaciales musitaron algo que no esperaba.

J: Necesitamos un cuento. No es necesario que sea muy largo. Pero además tendrás que explicar cómo lo escribiste y por qué lo escribiste.

RG: ¡¿Y para qué necesitan un cuento?! ¿Y quieren explicarme de una vez por todas qué significa todo esto?

El apocalíptico entrevistador no movió un solo músculo.

J: Nosotros también celebramos el Día de Jordi.

No lo entendí hasta pasados unos segundos.

RG: Se refieren al Día de Sant Jordi, claro: libros y rosas.

J: No. El día de Jordi Sierra i Fabra.

Su respuesta me pareció chusca, pero no por la parte de Jordi, lo juro. Aquello resultaba enloquecedor y tenía unas ganas enormes de salir de allí.

RG: Vale. Lo tendrán, el cuento y la explicación. ¿Y luego? ¿Qué pasará?

J: Podrás volver a casa. No te vas a quedar aquí. Pero antes de que te vayas, llévate eso…

Junto a la mesa vi varias cajas en las que antes no había reparado, o quizá aparecieron allí de repente. Eran similares a las que llevaba la mujer china con la que me había cruzado cuando me acerqué a la mesa. Observé sus lomos y las etiquetas me asombraron: "Manuales para ser un buen escritor". Eran seis cajas, numeradas como I, II, III, IIII, V y VI. Miré a ese helado ángel del apocalipsis y clavó en mí sus ojos azules antes de despedirse alzando una mano con la que inició el gesto de una bendición.

J: ¡Y a ver si aprendemos a escribir!

Me sentí alelado y confuso. El piso se abrió bajo mis pies y caí al vacío. A mi lado, las seis cajas me seguían en la caída, fieles a las leyes de Galileo y Newton, mientras sonaba una música que me pareció celestial. Segundos después me desperté sudando en la cama.

"¡Qué terrible pesadilla!", recuerdo que me dije. Y me juré por última vez que nunca, nunca más, volvería a cenar un huevo frito.

Bueno, eso es lo que yo creía: que era una pesadilla. Me quedé boquiabierto cuando al llegar a la mesa donde trabajo encontré apiladas las seis cajas que, desde luego, no estaban allí la noche anterior. Sobre ellas había un delicadísimo plumón de color blanco. Temblando, lo tomé entre mis dedos y me resultó ingrávido. Olía a Cielo.

Ahora, busco un cuento y redacto una explicación.

No quiero saber nada más de personajes apocalípticos. ¡Ni en sueños!


(1) Me refiero al capítulo del libro 8 maneras de contar; en él supongo nada menos que San Pedro y San Juan me preguntan cosas sobre mi escritura. Después de muerto. (¡Glabs!)

(2) La raíz digital del número buscado es 0, lo que corresponde con una no-biografía.

(3) También aludo al libro 8 maneras de contar, en el que estamos, evidentemente, ocho: Carlo, Antonio, Alfredo, Andreu, Gonzalo, Care, Jordi y yo.